martes, 23 de diciembre de 2008

LA NAVIDAD DE UN AÑO AUSTERO

Publicó hace poco un diario español (20 minutos) lo siguiente:

“El consejo de dirigentes de Oxford ha decidido prohibir este año la palabra Navidad y sustituirla por 'Festival de las luces de invierno'. Con esto quiere censurar todo lo que recuerde que las Navidades son fiestas cristianas intentando convertirlas en algo indiferente y centrándolo en el consumo de mercancías.”

Todo tipo de opiniones se hicieron valer: hubo los que censuraron la medida por ser esta un “atentado a las tradiciones británicas” –yo más bien diría mundiales- y que suena más bien a un suspiro nostálgico por algo bonito que se va (pero que no se tiene ni idea de por qué se celebraba, en realidad); hubo los que les dio igual y he aquí la mia.

Me hundo en la tristeza de lo que esto representa porque es como la crónica de una muerte anunciada. El consumismo de esta temporada y la indiferencia del hombre están logrando hacer lo que veinte siglos no habían podido: olvidar la conmemoración del nacimiento del Dios-Hombre. Cada vez que se acerca el 25 de diciembre de cada año, desde que tenemos conciencia, vamos por todos lados repartiendo abrazos y expresiones como “feliz Navidad”; “felices fiestas”; “te deseo lo mejor”; “que lo pases bien con los tuyos” y alguno que otro aventurado que se atreve a decir “que Dios nazca en tu corazón”, a veces sin tener ni idea de lo que eso significa. Ponemos el árbol con sus luces y esferas, algunos todavía ponen sus nacimientos monumentales, acuestan y levantan al niño y hacen fiesta con toda la colonia; pedimos posada, rompemos piñata, comemos tamales, tomamos ponche, arreglamos regalos, mandamos tarjetas y mails, hacemos intercambios, nos compramos un gorro o un suéter con motivos navideños y, a la mejor usanza de nuestro vecino del norte, como una copia fiel, adornamos nuestras casas con luces y ponemos figuras de Santa Claus y sus renos, monos de nieve y hasta duendes irlandeses –o ¿serán más bien los siete enanos de Blanca Nieves?-. Después de la vorágine y la típica cruda acumulada del 25, todo se olvida menos la monserga de recoger el tremendo tiradero que acumulamos –junto con la cruda- los días previos. ¿Y el festejado? Los que más se acordaron del “Niño Dios” fueron las señoras piadosas que restauraron la bonita efigie de cerámica con que se le representa en el nacimiento y las comadres que le tejieron el suéter, el gorro y hasta los zapatos. Si hubo quienes, desde el primer domingo de adviento en el tiempo litúrgico de la Iglesia, se hicieron una serie de propósitos para cumplir todos los días hasta el 25 –normalmente, sacrificios- mi reconocimiento y admiración. Y que conste que no le resto mérito a las señoras que vistieron al Niño Dios y a los que lo restauraron, porque la intención con que se hacen las cosas es lo que cuenta, también las felicito. Pero ¿qué decir de los que todavía solemos andar el 24 en la noche con que nos faltó el regalo de fulanito o comprando el papel para envolverlo entre los pliegos arrugados y llenos de tierra que quedaron a la señora que ya estaba recogiendo el puesto de la esquina? ¿Qué decir de quienes, en la víspera, todavía estamos peleando con la pareja si este año toca con su familia de origen o con la mia? ¿Qué decir de quienes estamos tan pobres en nuestros corazones que lo único que podemos regalar a quienes decimos que amamos son bufandas, joyas o carritos de control remoto? El alma no nos da para abrazar y decirles sinceramente “te amo”, por eso nos ocultamos detrás del celofán y los moños. Hace poco también leí que en esta temporada se incrementan los suicidios de todos aquellos que sufren de depresión ¿no se supone que el amor flota en el ambiente? He titulado a esta reflexión “La Navidad de un Año Austero” porque las circunstancias nos están forzando a que así sea, pero a más de resignarnos y andar con la cabeza agachada ¿por qué no aprovechar la oportunidad para encontrarle el verdadero jugo haciéndonos un propósito que sea a la vez una ofrenda agradable al Dios que nos nace? Voltear a ver el pesebre y preguntarle sinceramente a ese Dios pequeño, humilde, pobre y aparentemente indefenso que yace recostado ahí “entre el buey y la mula”: ¿Qué quieres de mi, pequeño Jesús? ¿Qué cosa será esa que, como el niño del tambor, pueda yo ofrecerte que te agrade, Señor? ¿Sacarme de una vez por todas ese rencor que siento hacia cierta persona y hacer las paces con ella? ¿Perdonar? ¿Pedir perdón? ¿Romper el hielo con aquel ser querido del que me encontraba distanciado por algo y al abrazarlo decirle lo importante que es para mi y cuánto bien deseo para su vida? ¿Acercarme a la Iglesia contra la que siempre he tenido mil prejuicios que me han servido de pretexto para curarme en salud? ¿Enderezar mi vida si he caído en algún vicio grave como el alcoholismo, la drogadicción o la infidelidad? ¿Restituir el daño moral o material que he hecho a alguien? ¿Ser un mejor esposo, padre, amigo y compañero de trabajo para con quienes me rodean? ¿Dejar, de una vez por todas, esas prácticas deshonestas que a lo mejor me hacen tener más en lo material, pero moralmente me vuelven miserable?

Quede como reflexión que en Navidad se dan regalos como símbolo del regalo más grande que hemos recibido del Reino de los Cielos y que es Dios mismo; gracias, bendiciones, la exaltación del hombre por encima de cualquier otra criatura, son los regalos que acompañan a este magnífico suceso; a cambio están los regalos que se llevaron al pesebre por parte de los magos y de todos los pastores que allí acudieron, motivados por los ángeles que anunciaron la llegada del Salvador, como se nos narra en el Evangelio. Pues bien, agradezcamos los regalos que se nos han dado este año, empezando por la vida misma, la salud, el trabajo; sigamos por hacer nuestra ofrenda, ese regalo del que hablábamos que pueda ser lo que más agrade a Dios; cada quien lo sabemos, en el fondo de nuestro corazón. Eso, eso que cada quien está pensando en este preciso momento, es lo que Dios quiere y merece de nosotros; ese es el verdadero sentido de la Navidad. Y, si nos damos cuenta, es un regalo que tarde o temprano va a volver envuelto para nosotros mismos, porque cuando alguien cambia algo para bien sólo atrae a su vida bienes mayores porque Dios nunca se deja ganar en generosidad y paga al ciento por uno y aparte con la vida eterna.

He ahí la invitación a vivir juntos la Navidad de un año austero y a hacerlo todos los años, evitando con eso que haya algún grupo de ridículos que pretendan minimizar la grandeza de lo que este acontecimiento representa proponiendo cambiarlo por un “Festival de las luces de Invierno”.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Comencemos por lo primero: Dios.

La forma lógica de empezar es por el principio, y éste no puede ser otro que Dios.

"Dios", según la Real Academia de la Lengua Española, significa: "Ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo."

Suena bien, ¿no? Pero para mí esa definición se queda muy corta.

Dios, según San Juan, es "Amor".

¡Caray! Y yo que pensaba que el amor eran mariposas en la panza...

¿Entonces qué carambas es Dios?

Pues bien, Ahí va lo que yo entiendo.

Dios es un ser inteligente, absolutamente bueno, que creó casi todo lo que conocemos y lo que existe (después ahondaremos en ese "casi"). Es alguien cuya naturaleza escapa a todo lo que nosotros entendemos, como el tiempo y el espacio. Es decir, que no está sujeto a ellos, y que para Él no pasan días ni años, ni está aquí o allá, sino que vivie en algo así como un presente constante, y en un solo lugar, que abarca todo donde nosotros estamos.

También es amor. En otra ocasión tocaremos el tema del amor, por ahora baste decir que eso quiere decir que solamente hará cosas buenas para quien ama.

Es Omnipotente. Vamos, que lo puede todo. En la "Guía para la vida, de Bart Simpson", bueno, de Matt Groening, Se plantea una pregunta que puede meter en aprietos a muchos:

"¿Dios puede crear una roca tan grande que ni Él pueda cargarla?"

La respuesta es "Sí. Pero no está en su naturaleza". Yo te preguntaría "¿Puedes tomar una pistola y darte un balazo en el pie?" Sí puedes, pero no lo harías, ¿verdad? Tu naturaleza te obliga a evitar hacer aquellas cosas que te dañan. Con Dios pasa igual, pero diferente.

Es diferente porque no importa qué sea, Dios puede hacerlo. ¡Es Dios, caramba! La cuestión es que como todo en Él es amor, entonces no haría nada que le dañe a Él o a nosotros, aunque pueda hacerlo. Nótese lo que dije antes sobre el amor.

Dios es el creador del universo y, por tanto, de nosotros. Aquí comienza lo bueno.

¿Dios me creó? ¿Qué no fueron mis papás? Tus papás te gestaron, pero fuiste creado porque Dios así lo quería, Cuando manejas un carro, el carro no te lleva, tú llevas al carro por donde tú quieres ir. Tus papás no pudieron elegir tu color de ojos, ni tu sexo, ni cuántos cabellos tendrías, ellos fueron como el carro de Dios para traerte al mundo, ¿de acuerdo?

¿Y por qué me creó Dios, si yo no se lo pedí? Ésta es una pregunta que muchos jóvenes me han hecho, y que siempre respondo con una pregunta: ¿Te consta que tú no se lo pediste? No sé ustedes, pero yo no me acuerdo de nada antes de los tres años, mucho menos antes de nacer, o antes de que se fecundara el óvulo de donde yo me desarrollé.

La verdad es que Dios nos creó por una sola razón: Porque tanto nos ama, que nos dio la libertad de elegir si queremos estar con Él o no. Sería un poco injusto si nos hubiese obligado a estar con Él sin conocer nada más solamente porque Él sabe que es lo mejor para cada uno de nosotros. ¿Recuerdas el dicho ése cursi que dice "Si amas algo, déjalo libre, si vuelve es tuyo, si no, nunca lo fue"? Pues es exactamente lo que hizo Dios al darnos la vida. Nos dio la libertad para escoger si queremos volver a Él o no.

Por eso Dios se calla. ¿Alguna vez te ha hablado Dios desde las nubes? La neta a mí no. Y le agradezco por su silencio, en alguna ocasión contaré mi experiencia del silencio de Dios en "Las Peñas". Dios calla porque nos deja que cometamos nuestros errores, que comprendamos la vida en la libertad absoluta que Él nos dio, y seamos capaces de elegir si queremos volver a Él o no.

A Dios no lo limita nada de lo que nos limita a nosotros. El hombre está atrapado en su cuerpo y se "escapa" de él a través de los sentidos.

Tus ojos no pueden ver lo que está a tus espaldas, y Dios sí puede ver lo que haces en lo oculto.

Tus oídos solamente escuchan lo que sucede a cierta distancia, Dios lo escucha todo.

Tu tacto te permite sentir aquello que está a tu alcance, Él no necesita sentir para conocer.

Tu voz puede llegar hasta donde la fuerza del viento y los demás sonidos la dejen. Dios puede comunicarse sin hablar.

El gusto te permite conocer todos los sabores, para Dios todo es conocido.

Ah, otra cosa! Dios no es una aspirina para el alma, es decir, que Dios no está allí nomás para hacernos sentir bonito, para que se nos olviden los problemas y ya. Tampoco es Supermán, que anda cuidándonos de todo. Eso es paternalismo.

Conozco mucha gente que dice "Si Dios existiera, no habría guerras, ni niños con hambre, ni todas esas cosas".

Esa es una de las visiones más enanas que conozco.

Dios no está allí para desaparecer los males. NOS PUSO A NOSOTROS PARA SUPERARLOS. Los males, es un hecho, son consecuencias de nuestros actos, y somos nosotros quienes debemos evitar, prevenir o corregirlos, no esperemos a un Dios que venga a rostizar a los "malos". Así no funciona.

Aunque este post se hizo muy largo, es una visión breve de mi percepción de Dios; así lo entiendo, con este Dios me parece más fácil entender todas las cosas que me rodean.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Comenzamos

Este blog no pretende más que ser un espacio donde publique las razones por las que creo lo que creo.

Soy un Católico convencido de mi Fe, una fe que se manifiesta en la vida real, en la cotidianidad, en las cosas simples. Aquí no encontrarás los tratados de un teólogo, sino reflexiones sobre el amor de Dios. Tampoco busco obligar a nadie a creer lo mismo que yo, soy muy respetuoso de las diferentes formas de pensar y como tal pediré respeto para la mía.

Sé que voy a contar con la ayuda de algunos amigos, y desde ahora la agradezco.